TEXTOS
 
Natalia Bernabeu. Andy Goldstein: de La Muerte de la Muerte a Vivir en la Tierra. Madrid, 2011 
 
Andy Goldstein: de La Muerte de la Muerte a Vivir en la Tierra
 

No me resigno a que cuando muera siga el mundo
como si yo no hubiera vivido
.
Pedro Arrupe

   

En el trayecto que va de La muerte de la Muerte a Vivir en la Tierra, Andy Goldstein ha trazado un recorrido esencial: en plena juventud, hundió sus raíces en la muerte para mirar después a los vivos, entrando en sus casas. Después, ya en la madurez, se sumergió en sí mismo para expresar un río profundo y su rumor; y ahora, por fin emerge a la vida para Vivir en la tierra con los más desamparados.

   

I. La muerte de la muerte (1979)

Todo artista lleva incorporado en sus células un radar extraño, que recoge, no solo lo que late apenas, sutilmente, en el aire, sino también lo que pugna por aflorar en las profundidades de las almas…. La suya y las de otros. Personas contemporáneas o aquellos que ya hicieron su camino y abandonaron este mundo.

Es significativo que Andy Goldstein, de familia judía, hiciera su primera serie de fotos en los cementerios, atraído, no por la muerte, sino por la muerte de la muerte. En el título de este, su primer trabajo fotográfico, nos habla de lo mismo que el gran Jorge Manrique decía hace siglos:

"No se os haga tan amarga 
la batalla temerosa 
que esperáis, 
pues otra vida más larga 
de la fama gloriosa 
acá dejáis.
 

Aunque esta vida de honor 
tampoco no es eternal 
ni verdadera; 
mas, con todo, es muy mejor 
que la otra temporal, 
perecedera."

 
 

Manrique, profundamente creyente, se refiere en sus coplas a tres vidas: la vida temporal, la vida de la fama y la vida eterna. La vida temporal de los fotografiados en La muerte de la muerte ya ha pasado; pero queda su recuerdo: es la vida de la fama, la del honor,  la del amor que perdura en el recuerdo de los suyos y que da cuenta de su paso por este mundo.

Jorge Manrique escribe desde el alma sobre la desaparición de su padre y esa conexión profunda nos hace vibrar a todos los que leemos sus versos, pues sentimos esencialmente la fragilidad del devenir humano, lo inexorable del paso del tiempo, y algo mucho más misterioso que late en cada palabra, en la cadencia, en el eco de esos versos de pie quebrado: algo que apenas podemos verbalizar y que nos trae la voz de la muerte de la muerte, es decir, de la vida…

Andy Goldstein ha retratado la fragilidad del recuerdo de los que se murieron, ha dado cuenta de él a través de la imagen de esas tumbas, al principio adornadas y limpias, luego envejecidas y polvorientas. En ellas, los rostros de sus habitantes, grabados con nitidez sobre placas de cerámica perdurable, también se han ido borrando. Esos rostros del recuerdo también han envejecido, quemados por el sol inclemente, por las lluvias y los vientos.

Pero de la misma forma que el poeta medieval ha permanecido vivo en la memoria de los hombres y en su emoción durante siglos, estos retratos post mortem de Andy Goldstein, han ampliado el recuerdo de los enterrados: el niño inocente de la cuna vacía; el padre de familia; el hombre “crucificado” junto a la vasija de barro; la niñita que parece una muñeca antigua; el joven, tal vez enamorado, cuya novia le deja flores de plástico; la mujer cegada en la muerte; los hombres y mujeres casi sin rostro ya...

En cierto modo, al retratarlos Goldstein los hizo carne de su carne, porque algo en su alma vibraba con ellos. Porque ellos y él, sin saberlo, resonaban con todos los muertos recientes y con los que iban a morir torturados y ahogados en el Río de la Plata. Gracias a estas fotos, los unos y los otros han vivido un poco más, no solo en la memoria del fotógrafo, sino en todos los que miramos esas imágenes conmovidos y asombrados. Pues cada una de ellas, como los versos de Jorge Manrique, constituyen una reflexión profunda sobre el tiempo y el olvido.

Entonces Andy Goldstein era muy joven, tan solo tenía treinta y seis años, pero ya llevaba a la amiga muerte sobre sus hombros.

   

II. Gente en su Casa (1985)

MIRADAS
Ellos están en su casa y yo los miro.
Son hombres solos, mujeres solas,
Que también me miran.(…)

Pero ahora esos ojos me ciegan
Y veo en ellos mi propia mirada.
Reconozco allí todas las habitaciones de mi casa.

¿Qué hacen allí esos hombres y esas mujeres?
¿Y qué hago aquí yo, quemándome en el rescoldo
De esa otra mirada que se asoma al abismo?

Natalia Bernabeu Miradas

 

Han pasado seis años y es la hora de los vivos.

Al fotógrafo le interesan ahora no solo las vidas de cada una de las personas a las que retrata en esta serie, - es decir, los textos- sino también sus casas, y esos objetos junto a  los que desean inmortalizarse; es decir: los contextos.

Andy Goldstein consigue que el espectador de Gente en su Casa pueda percibir la membrana, el hilo fino y delicado que une los rostros de los retratados con sus objetos. De pronto, el alma de esos seres dota de espíritu a las cosas y el observador percibe, en la frontera tenue que separa las luces de las sombras, los afectos que esos hombres, mujeres y niños han depositado en sus hogares; las alegrías y las penas que florecen en los cuadros que adornan las paredes; el rastro de tiempo que ilumina los ambientes; y esos anhelos de porvenir que se solidifican en las miradas y en los quicios de las puertas.

Y es muy llamativo el hecho de que, a pesar de los variados contextos elegidos por el fotógrafo para este trabajo: casas de pueblo, elegantes viviendas de la clase media, casas de porteros, habitáculos de villas de inundados…. en todos ellos, sus habitantes nos miran de la misma forma: sus ojos nos abren una puerta oculta a través de la cual tú y yo podemos bucear en sus almas. Y buceamos, para descubrir en las profundidades nuestra propia mirada y la mirada compasiva del fotógrafo. Por eso Gente en su Casa conmueve intensamente, porque posee muchos planos significativos, dimensiones ocultas que vibran cantando dentro de cada uno de nosotros esa canción única y genuina que nos conecta con nuestra humanidad más esencial.

Y eso es la vida.

   

III. Arborescencias (1995)

 

Acércate a los árboles, verás
y podrás escuchar que no existe un silencio
más poblado de voces, que parecen
alzarse desde el suelo hasta otro espacio. Allí,
el aire claro dice el mundo y cuanto
se extiende sobre él y, sin embargo,
es él mismo, la lengua de la tierra,
la promesa de que, bajo el ramaje
podrás oír el rumor, tomar la mano
pura de lo visible, cuando los mundos te parezca
que se disipan, cuando la propia luz
se acerque hasta los bordes del tormento
de la luz, y sea sólo oscuridad.

Andrés Sánchez Robaina. Más allá de los árboles.

   

Diez años más tarde, Andy Goldstein dispone para Arborescencias de una nueva e incipiente tecnología: la fotografía digital. Y en los albores de esta técnica indaga en ella creando una serie de imágenes de corte pictórico y lenguaje surrealista en las que expresa un profundo y oscuro rumor que sube, muy a pesar de él, y se soma a estas fotos-cuadro hablándonos con un lenguaje extraño que solo los árboles conocen, de ese mundo propio que se asoma a los bordes del tormento.

El alma del fotógrafo grita y se muestra en hombres y mujeres que, como formando parte del mundo vegetal, se aferran parásitos a troncos de árboles monstruosos y siderales; su alma grita y se despliega en esos cuerpos retorcidos de hombres que se curvan bajo el peso de infinitas mujeres -distintas y la misma siempre- acurrucadas en equilibrio inestable encima de los hombros masculinos, sin querer mirar  nada desde las alturas titánicas de los atlantes.

Un río oscuro que se remonta muy atrás en el tiempo se expresa aquí y grita libertad en la imagen del hombre pájaro clavado en una cruz invisible; y grita justicia en ese atlante que aplasta a diminutas mujeres, víctimas de una silenciosa violencia, pero que, no obstante, cumplen su venganza impidiendo al hombre emprender la marcha.

El alma del fotógrafo, buceando en las profundidades, mira de nuevo a la muerte y se rebela, y grita eternidad en esos cuerpos desmembrados que, ya sin identidad,  florecen juntos de nuevo en campos imposibles, transformados en incipientes árboles que dan su rumor al viento…

Son duras estas fotos. Cuesta mirarlas porque nos empujan a territorios internos que no desearíamos mirar: otra vez la vida y la muerte; la supervivencia, la aniquilación, la libertad y su pérdida.
   

IV. Vivir en la tierra (2011)

Transcurre
tu vida igual que ayer, común y cotidiana.
“Un día más”, te dices. Y, de pronto,
se desata una luz poderosísima
en tu interior, y dejas de ser el hombre que eras
hace solo un momento. El mundo, ahora,
es para ti distinto. Se dilata
mágicamente el tiempo, como en aquellos días
tan largos de la infancia, y respiras al margen

de su oscuro fluir y de su daño.
Praderas del presente, por las que vagas libre
de cuidados y culpas. Una acuidad insólita
te habita el ser: todo está claro, todo
ocupa su lugar, todo coincide, y tú,
sin lucha, lo comprendes.

Eloy Sánchez Rosillo. Fragmento de La luz (De su libro: La vida)

 

Cada nueva obra de Andy Goldstein tarda más en gestarse, pues cada una de ellas es fruto de una instancia más profunda de su alma. Así, entre Arborescencias y Vivir en la Tierra pasan dieciséis largos años. El fotógrafo regresa a la tierra, la que fuera la última morada de los enterrados de La muerte de la muerte, pero regresa ahora para defender y restaurar la vida. Porque, como dice el poema, se desató una luz poderosísima en su interior que le permitió contemplar un mundo distinto que nos muestra al fin a todos nosotros.

Los nombres de las cosas no son inocentes, y por eso esta serie de fotos escogió para sí este sonoro título. Porque desde cada uno de sus encuadres nos miran personas que viven en el planeta Tierra; en hogares con pisos de pobre y humilde tierra; que habitan sin derechos en una tierra en la que todos tenemos derecho a vivir; desheredados del mundo, desterrados de la sociedad del derroche, que confían en que la Madre Tierra, la Pachamama, les proveerá en la vida y les acogerá en la muerte.

¡Qué lección de vida, de humanidad, de dignidad nos dan esos habitantes de las favelas, los asentamientos y los suburbios de Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Perú, República Dominicana y Brasil! ¡Qué lección de generosidad la de aquellos que prestan sus rostros y sus casas a la mirada del fotógrafo para que nosotros observemos esa realidad oculta y tomemos conciencia de la inmensa injusticia del mundo!

Andy Goldstein cierra ahora un círculo que dota de pleno sentido a todo el conjunto de su obra como un acto de profunda y a veces angustiada reflexión sobre la vida y la muerte. Pero por debajo de esa reflexión se adivinan nuevos significados ocultos, incluso, para el alma del artista: La muerte de la Muerte ya no es solo el olvido de los que desaparecieron, sino también el deseo de abolir la muerte y la declaración de que ésta, en realidad, no existe; y Vivir en la Tierra ya no nos habla únicamente de habitar este mundo que nos sostiene, sino que aspira a que demos nuestro cuerpo a la tierra para vivir y florecer de nuevo en ella, como los cuerpos-árbol de Arborescencias.
   

Natalia Bernabeu

 
   
   
   

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