TEXTOS
 
 Aida BortnikPrólogo de la primera edición del libro Gente en su Casa. Buenos Aires. 2011
 

FOTOS

Posar para un pintor, pintar un retrato, significa una relación, un tiempo que cambia y se extiende, un tiempo de intimidad en el que el rostro, un pie, la ropa, el entusiasmo o el tedio de la mirada, se modifican aunque sigan pareciendo los mismos y van construyendo un mensaje y una respuesta diferente.

Pero los eternos dos segundos de estas fotografías sólo dan tiempo para confirmar la idea de posar. Idea que oculta su afán de inmortalidad. Y cuando dicen: ahora, sin duda es un susurro que intenta no perturbar lo que ya casi no les pertenece, su propia imagen. Y enseguida el ojo que mira es el del fotógrafo que ya ha elegido el encuadre, dispara y se entrega al ojo del espectador.

Los vemos. Nos dicen: aquí estoy. Esta es mi casa. Este es mi televisor, mi heladera, mi mueble. Esta es mi blusa más nueva. Ahí arriba está la foto de mis padres.

Elegir ese lugar, esos zapatos, esa camisa. Elegirse y quedarse quietos, muy quietos durante un tiempo tan fugaz como interminable. Eso hacen estos retratos fotográficos. No hay relajación ni envaramiento. El tiempo alcanza para confirmarlos. Están allí, son ellos. Para siempre.

La cambiante y maravillosa luz que los muestra y los incluye, no deja de deslumbrar, porque no viene de afuera. Está adentro. Es el retrato.

Qué hace que un ferroviario elija sentarse muy derecho sobre una mesita de noche, carpetita incluída? Los brazos cruzados, las piernas juntas, en el pequeño espacio contra la pared, entre su propia cama y la de sus hijos. Sabemos que son cinco, porque cinco son las fotos de bebés que se multiplican a sí mismos en doce versiones que los rodean.. Y él se permite ese lugar estrecho, esa pose reservada. Su inmensa riqueza está desplegada sobre él. No necesita mostrar nada más. O que un ama de casa se oculte un poco tras el marco de la puerta de un cuarto que no le pertenece, bajo una imagen piadosa, entre un pequeño espejo y un florero colgando de la pared con dos rosas y un helecho artificiales. Y alcancemos a ver que es bella.

Casi niña, la primera inundada, la espalda contra un mueble cubierto, entre las paredes de chapa. Las hojitas bordadas trepando por su vestido, los pies muy juntos, las manos muy juntas, ojos maravillosos y una sonrisa contenida.

Y el joven pescador, el torso desnudo, los pies descalzos. Lonas como paredes, las cajas PAN apiladas sirven de ropero y la mirada confiada y seductora.

Entre una ventana y una puerta improvisadas y abiertas, otro pescador tiene erguida su noble cabeza.

La pequeña estudiante en el rincón entre la pared y la cocina no parece muy segura de querer estar allí.

La única pareja que eligió posar junta, uno pegado al otro pero sin tocarse, junto a la heladera, entre ladrillos de cemento y por doquier adornitos pequeños y cuidados. En la pared un ángel, la cabeza tallada de un caballo y otro caballo, pero blanco en una foto de cartón. Juntos nos miran sin querer transmitir tristeza. La única ventana está tapada. No hay resignación, tampoco cólera.

Exactamente quince años. Lo dice su vestido lleno de volados, la campanita colgando de la ventana y la sonrisa ilusionada.

Los psicoanalistas, custodiados por su biblioteca, se acercan a las plantas o al equipo de música o a un sugerente atril. Y sus miradas relajadas y hasta un poco conmovidas aceptan la otra mirada, lo que bien saben, que puede ver más de lo que muestran.

El portero de casa ´bien´ ha elegido los elegantes sillones de su living. El traje impecable, la corbata perfecta, los zapatos lustrados apoyados sobre la gran alfombra. Detrás la biblioteca y un pequeño bar. En el suelo, sobre un colchoncito y entre cobijas, vigila su perro. Pero el retratista elige incluir la cocina, a la que nada separa y nada se parece a la elegancia cuidadosa del ambiente escogido. Y este retrato nos muestra así la complejidad de estas vidas.

Todos elegantes en un comedor con mesa redonda y molduras en las paredes o un modular y un inmenso mate sobre el televisor, tienen ojos guardianes, de testigos. Acumulan secretos y hacen equilibrio entre sus dos vidas.

Nunca es tan bailarina como cuando posa de bailarina. O tan controlada como cuando sus pies desnudos no pueden evitar el gesto de punta. Aunque casi todos están sentados, el cuerpo, las piernas y hasta el rostro, parecen expresar una melodía que sólo ellos oyen.

Andy Goldstein es un artista excepcional. Es imposible ver una sola vez cualquiera de sus fotos. Uno vuelve para descubrir más y más de esos ´modelos´, de su entorno, de lo que exhiben, de lo que parecen guardar.

El los observa, los captura, los transparenta. Para nosotros.

Es poco y es todo decirle, gracias.

Aida Bortnik

 
   
   
   

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